REPORTAJES: VIDAS PRESTADAS EN ALASKA

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Por: Andrew Chernin para Revista Domingo.

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La gente llegó a esta salvaje región de América del Norte por el oro, por el salmón y, ahora, por el turismo. Todos buscando en Alaska una vida que en otras partes no podrían tener. Algo de ese sueño cruza esta bitácora de un crucero de siete días arriba del Coral Princess.

 Jim Browne dice que no conoce mucho del mundo. Que, la mayor parte del tiempo al menos, sus fronteras son las mismas de Alabama. Ahí nació, ahí creció y ahí conoció a Linda: en las afueras de Birmingham, en una casa de campo que, en el relato de ella, era grande, y donde todo lo que sucedía era sabido por su padre. Eso incluía conocer que Jim era uno de nueve hermanos, que corría su Chevrolet del ’57 por la adrenalina de ganar, que no iba a la universidad y que era solo un vendedor. Por eso el padre de Linda le decía que Jim no era suficiente porque probablemente la única razón que la unía a ella era la estabilidad financiera que le prometía ese campo, esas tierras. Esa idea de que debajo del enamoramiento, si es que podía distinguirse algo tan breve como eso, había mucha ambición y un hombre que perseguía algo -una vida, en este caso- que no era suya. Que no podía tener por su cuenta.En esa historia ella tenía 18 y él, 21. Entonces no podían intuir que no irían a Europa, que no conocerían Sudamérica y que ahora, en este momento de sus vidas, estarían sobre un tren cruzando Alaska, durante las nueve horas y 465 kilómetros que separan al Parque McKinley del puerto de Whittier, para subir al crucero Coral Princess y ahí, sin decirle a la tripulación -porque les da pudor- y sin descorchar champaña -porque ninguno toma-, celebrar lo que han logrado. Jim y Linda hoy tienen 71 y 68 años. Y este viaje -dice él- sería la forma de celebrar sus 50 años de matrimonio.

Afuera, por la ventana, por el techo transparente del tren, veíamos Alaska: los montes nevados, los bosques de pino, los territorios vacíos, sin carreteras que soporten el frío, que solo pueden recorrer los rieles y las tuberías de crudo y que nadie más toma, porque no se puede. Porque hay tierra que con esos inviernos de 40 grados Celsius bajo cero permanece congelada, a veces por más de dos años y eso hace que Alaska sea así, solitaria, durante siete u ocho meses al año. Un estado más grande que cualquier otro en Estados Unidos, más vasto que países como Chile o Alemania incluso, donde viven unas 737 mil personas, que solo se muestra desde mayo a septiembre. Porque ahí se termina el frío y pasa eso que Jim describe ahora.-El otro día en Fairbanks casi no pude dormir. Nunca oscurecía, era como que el día nunca terminaba. Eso puede desorientarte, ¿sabes?

Estar tan cerca del Polo Norte hace que en ciertos lugares de Alaska la luz se extienda hasta las 3 de la mañana durante el verano. Después amanece a las 5.30. Y eso, como dijo Jim Browne, creaba la sensación de que no anochecía. La imagen, entonces, en el tren era esa: un vagón donde había muchos tipos de viajeros cruzando un paisaje cristalino donde era como si nadie envejeciese, donde los días nunca llegaban a su final.

Día 2-3: Yakutat y Glacier Bay

La misión era simple: subir al Coral Princess, navegar los 2.764 kilómetros en los que uniría Whittier con Vancouver a lo largo de seis noches y escribir sobre lo que pasaba en ese viaje. Estaba yo, estaba Fran, estaba Jesús. Ellos ya habían hecho esto antes: un crucero por las costas de Japón que mostraron en el programa de viajes que él grababa y ella conducía. Entonces conocían las dinámicas que uno conoce cuando va por primera vez a un crucero. Sabían de las comidas formales, de los bufetes para el desayuno, los duty free de alta mar y esa cadencia que agarra el barco con las olas que lo hace mecerse como una cuna monumental de 330 millones de dólares, que avanzaba a un promedio de 18 nudos. Porque el Coral Princess, de 13 años, construido en Francia y con bandera de Bahamas, tenía 16 cubiertas, 294 metros de largo, 62 de alto y una capacidad para 1.970 pasajeros y 900 tripulantes. Y sobre todo, contaba con suficientes restaurantes, cines, piscinas e infraestructura recreativa como para avergonzar a listas enteras de pueblos y ciudades que, por ejemplo, no podían ofrecer una película en la terraza, al aire libre, en pantalla gigante, mientras el cielo rosado apagaba el día.

Y, aún así, eso no explicaba del todo por qué la gente venía.Eso lo entendimos el segundo día de viaje, cuando entramos al Glaciar Hubbard, en la bahía Yakutat. Era una pared de 122 kilómetros de largo, cuyo hielo azul se había demorado 400 años en alcanzar esas dimensiones y que ahora, explicaba Robert Harrison, el biólogo del crucero, por altavoz, se estaba comenzando a perder por el calentamiento global. Ese día, 21 de mayo, con temperaturas que bordearon los 20 grados Celsius, fuimos a ver cómo el Hubbard soltaba icebergs enormes, del tamaño de un edificio de diez pisos, y sonaba como si en ese mar hubiese tronado un relámpago.

La voz de Harrison decía que teníamos suerte, que no muchas más generaciones podrían presenciar esto si el promedio de la temperatura del agua seguía subiendo. Pero en ese momento, cuando todos los pasajeros nos fuimos hacia la proa para intentar registrar algo de ese hielo que se perdía, lo que teníamos en mente no era eso. Queríamos imágenes de esas fracturas glaciares para llevarlas de vuelta a las vidas que habíamos dejado. Jesús, por ejemplo, venía de Pucón, al interior. Tenía una pareja, una casa que necesitaba terminar y una hija a la que quería decirle que había visto osos y alces y ballenas. Fran estaba aprendiendo la mecánica de la periodista de viajes. Siempre tener la maleta hecha, nunca estar demasiado en ninguna parte. Fran, quizás por eso, tenía cierta fascinación por los mapas: la posibilidad de que un papel pudiera decirte dónde estabas, dónde podías llegar.Al día siguiente entramos a la Glacier Bay y nos detuvimos a mirar el Margerie: otra muralla de hielo de 34 kilómetros de largo bajo un sol blanco que también quemaba y, por eso, se escuchaba como si ahí dentro cayeran truenos cuando se desprendían pedazos. Más tarde hicimos lo mismo con el Lamplugh y el Johns Hopkins. Esa noche, la primera a oscuras en muchos días, salimos a la cubierta para fumadores con Fran. Hablamos sobre viajes y la historia de Jim y Linda Browne. De que siempre que hablamos de las vacaciones de nuestras vidas, pensamos en viajes jóvenes: un roadtrip por Estados Unidos, mochileo por Europa. Pero nunca hablamos de la huida que deberíamos planear antes de que el cuerpo y la mente se apaguen. De cómo este, si su salud cambiaba, podía ser la escapada final de los Browne. Le pregunté a dónde iría si supiera que ya no podría hacerlo de nuevo.

Fran dijo: Turquía, Tailandia, el sudeste asiático.Fran dijo: “Un lugar exótico. Algo con amigos, gente que quiero”.Fran, terminando su cigarro, dijo: “¿Sabes? No sé”.Fran, esa noche, nunca dijo Alaska.

Días 3-4: Skagway y Juneau

Había una promesa remota de otra vida. Al principio eso fue suficiente para que llegaran. Se supo en 1896: la región canadiense de Klondike tenía oro, y al año siguiente, después de que la noticia llegara a San Francisco, los exploradores comenzaron a aparecer. Llegaron unos 100 mil. Movilizados por la ambición, pero sin el conocimiento de lo que les esperaba. El terreno era difícil, disparejo y en las excavaciones había que romper capas de hielo que llevaban años así, congeladas. De esa forma nació el pueblo de Skagway, donde nos bajamos el 23 de mayo. Los colonos llegaron en 1897, desplazaron a la tribu tlingit y construyeron un caserío junto al río, donde el clima no era tan duro ni tan difícil abastecerse, desde el que iniciaban la cacería por el oro.

Pero eso duró hasta 1899. Después se supo que en Nome, 1.650 kilómetros al norte, las pepitas esperaban en la playa sin que la naturaleza pusiera oposición. Skagway entonces tuvo que reinventarse varias veces hasta convertirse en lo que es hoy: un pueblo de 900 personas con pocas casas y muchas tiendas que imitan la arquitectura de cuando lo que se perseguía era el oro y no los turistas. Hay de recuerdos, de joyas, de poleras que dicen Skagway o Alaska y también bares. Uno, el Bonanza, funciona cinco meses al año. De mayo a septiembre. Los garzones de ese día venían de Arizona, de Massachusetts. Decían que lo hacían para juntar plata para los estudios, para poder viajar después por el mundo. Esas posibilidades prometían los cruceros que durante la temporada alta aumentaban hasta diez veces la población flotante de Skagway. Porque después, en octubre, Skagway vuelve a lo que era.Juneau, que fue donde llegamos el 24, no era tan distinto. Era la capital del estado, la segundad ciudad más grande después de Anchorage, con 32 mil habitantes, pero al bajar al puerto también se sentía la ansiedad de Juneau por vender tours y souvenirs, como transparentado que ahí el turismo es la industria que da más empleo después del gobierno. Algo en esa línea mencionó Richard Joseph, el director del Coral Princess, que lleva 29 años recorriendo esta parte del mundo.

-Alaska se ha vuelto un poco más comercial. Tenemos muchos adultos mayores desde hace un tiempo, pero también se han incorporado muchas familias.La afirmación era comprobable: en la cubierta frente a la piscina podías ver a una universitaria deportista de Georgia, un matrimonio de menos de 25 años que decidió casarse frente al hielo, dos padres rubios y blancos y tatuados que empujaban un coche, y otra pareja de Texas que tomaba Budweiser sin salir nunca del jacuzzi.A bordo también estaba siempre la posibilidad de cambiar de escenario. Se podía tomar el teleférico por 33 dólares y subir al parque del monte Roberts, caminar por los senderos de tundra en altura y mirar Juneau a los pies para ver que esa ciudad era más grande, más colorida y extensa que la fila de cruceros que enfilaba hacia ella. O como dijo después el biólogo Harrison: “Mira, aquí hay bosques por donde ningún hombre ha pasado. A eso ayudan los inviernos duros, donde mucha gente se va. Los inviernos mantienen esa idea que tenemos de Alaska”.

Días 5-6-7 Ketchikan y Vancouver

Marco llegó por el salmón. Esa industria pesquera, la promesa de plata más fácil, lo arrastró desde California. Pero eso fue antes, hace más de siete años. Marco ahora maneja un trolley mientras explica la historia de Ketchikan. Dice que es una isla a unos mil kilómetros de Seattle. Que viven 13 mil personas y es una de las ciudades más lluviosas de Estados Unidos. Y que los inviernos pueden ser así: encerrados en la casa, fríos, movilizados por el aburrimiento, en esa ciudad con forma de fideo: 48 kilómetros de largo por tres cuadras de ancho.

Quizás porque su origen en 1885 fue sostenido por la pesca y no por los arrebatos del oro, es que Ketchikan se siente distinta a las dos ciudades anteriores. Tiene un barrio rojo construido sobre palafitos que aún se cuida como paseo histórico, varios bosques en las afueras donde las águilas calvas construyen sus nidos y los ciervos corren y los legados de los tótems de la tribu tlingit.Esa tarde, con el mar rompiendo por nuestra ventana, probamos escargot en el crucero. El vino fue francés y a los Browne les cantaron sorpresivamente por su aniversario. Después tomamos en el bar y bailamos en una fiesta en el atrio, donde la tripulación soltó globos que caían desde el techo. Cuando todos seguían ahí, la noche afuera era tan brumosa que se escuchaba una suerte de bocina que avisaba al mar que el Coral Princess navegaba por ahí. En una terraza reservada para la tripulación, dos personas que trabajaban en la cocina fumaban. Decían que extrañaban su país. Que dormían poco, trabajaban harto y habían conocido lugares en los que, de otra forma, nunca habrían estado. También contaron historias sobre personas que trabajaban en el barco para escapar: gays con familia que no sentían la confianza para salir del clóset, universitarios que huían por la promesa de retrasar la vida adulta, filipinos que no querían las condiciones laborales de las Filipinas. Los tripulantes dijeron al final que esa vida sí les permitía sacarse fotos en lugares que después todos en Facebook envidiaban. Y eso, por ahora, era algo.

El 27 de mayo llegamos a Vancouver. Desde el bus que nos llevó al aeropuerto vimos el crucero que se alejaba, la ciudad pasando por la ventana y Fran dijo que era lindo, que le habría gustado caminar por ahí, pero que siempre es bueno volver a casa, a los lugares que uno conoce. Después no conversamos más, pero algo de lo que dijeron los tripulantes la noche anterior quedó en mi cabeza: todos nos subíamos a ese barco para vivir vidas prestadas. Las vidas que queríamos, pero que no nos correspondían.  La ruta de AlaskaEste viaje del Coral Princess dura 10 noches en total (incluye dos en un lodge en Fairbanks y una en otro de Monte McKinley), y el tour incluye los traslados, como el tren entre McKinley y Whittier.La ruta se puede hacer embarcando en Whittier para llegar a Vancouver, o en sentido contrario.

El Coral Princess, lanzado en enero de 2013, es una de las dos naves de Princess Cruises especialmente diseñadas para navegar en el Canal de Panamá, y es uno de los barcos emblema en expediciones por destinos de naturaleza como Alaska. Tiene 90 por ciento de camarotes con vista al mar (y 700 con balcones).Más información, http://www.mundocruceros

Travesía. Coral Princess navega entre Witthier y Vancouver, en una ruta de 2.764 kilómetros que se hace entre mayo y septiembre.

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